De cuando me pasé 6 horas con la boca abierta
… y no era en el dentista.
Domingo 19 de julio de 2009. 7:13 de la mañana. Llevo ya media hora despierto. Tras comprobar que en los domingos también existen horas como las seis y las siete de la mañana, me levanto, cojo el móvil e impido que suene la alarma, programada para 7:15. Soy tan cracko que no necesito despertador.
Habitualmente odio, entre otras muchas cosas, conducir en ciudad (especialmente en Vigo) y madrugar (especialmente en domingo). Hoy voy a hacer todo éso. Pero hoy es diferente, en Samil hay una exhibición aérea y no me la voy a perder ni loco. Desayuno y salgo de casa. Monto en el coche y pongo algo de música. Vámonos que nos vamos.
Sin embargo, no todo iba a ser tan fácil. Una vez incorporado a la carretera y pasado el punto de no retorno llegó a mi cerebro una señal procedente de mi esfínter.
- Cerebro, aquí el esfínter. Cambio.
- Recibido esfínter. ¿Qué ocurre? Cambio.
- Tenemos aquí una carga dispuesta para ser lanzada al exterior señor. Cambio.
- No estaba programada. El lanzamiento mañanero ya se ha efectuado y la nave está en movimiento. Cambio.
- Señor, la presión está subiendo rápidamente. Si no evacuamos ésto rápido, toda esta mierda nos estallará entre manos. Cambio.
- Está bien, pero todo ésto me huele muy mal. Cambio y corto.
Los minutos pasaban y la presión aumentaba sin parar, lo que comenzó como pequeño malestar había alcanzado el estatus de apretón crítico de máximo nivel. Sólo había dos opciones: cagar o morir.
A las 8:15 hago mi entrada triunfal en Vigo; entrada que nadie vio porque todo el mundo estaba durmiendo. Todos los bares, cafeterías, gasolineras, locales de cualquier fin con cuarto de baño están cerrados (cosa natural un domingo a las 8:15). Se masca la tragedia, las transmisiones desde el esfínter son cada vez más dramáticas, el tiempo se acaba. Si no se soluciona el problema en cuestión de pocos minutos una gran explosión destruirá Vigo (entero).
Sopeso todas las posibilidades, desde parar en cualquier calle y llamar a todos los telefonillos para convencer a alguien de que me permita usar su cuarto de baño, hasta localizar la calle menos transitada posible y que sea lo que dios quiera. En medio de la desesperanza, un pensamiento fugaz ilumina mi mente: estación de tren. Exacto, eso es. Tiene que estar abierta.
El pequeño 205 blanco recorre las calles en obras de Vigo sorteando velozmente todas las zanjas habidas y por haber. En el momento más funesto, la estación de tren aparece enfrente, bañada por el todavía tímido sol de la mañana. Bajo, busco el baño a toda velocidad, y 3 minutos después soy uno de los hombres más felices del mundo. Había salvado el día.
Salgo del servicio y me monto en el coche, el hombre que está en la entrada controlando el parking me dice que entrar a evacuar de la forma más agónica y desesperante posible y salvar de una destrucción segura por explosión termonuclear mis órganos internos acaba de salirme gratis porque he tardado menos de 15 minutos.
GLORIOSO
Una vez solventado éste pequeño contratiempo, salgo de nuevo para Samil. Aunque me he salido de la ruta aún estamos en tiempo. Intento volver a la ruta. FAIL. Lo intento de nuevo. Otro FAIL. Entre mis nulos conocimientos sobre Vigo y que todas las calles parecen estar en obras tomo la decisión de no preguntar absolutamente a ndie y basarme sólo en mis instintos para llegar a la playa de Samil.
Los que somos del rural nunca nos perdemos, si acaso nos desorientamos; somos un poco como los GPS, que si nos metes en medio de calles con edificios tan altos que casi no se ve el cielo, a veces perdemos la cobertura. Antes de partir a lo loco aplico el sentido común. Vigo no es Venecia, por lo tanto, el mar (y por extensión la playa) tiene que estar por narices en las afueras. Así que en caso de duda, tirar siempre hacia fuera.
Arranco y voy siguiendo todos los carteles en los que pone “playa”, derecha izquierda, arriba, abajo… pierdo el norte. Llego a algo que parece el puerto y mientras circulo paralelamente a él con todo Vigo a la izquierda veo una señál de tráfico que pone “← Portugal”. Sabía que a los vigueses se les llama portugueses, pero no sabía que se había llegado hasta el punto de inclurilo en las señales.
Media hora después, veo el mar y algo que parece una playa. Un cartel me lo confirma. Pero hay que tomar un desvío, la policía local sólo deja pasar a taxis y autobuses. Tomo el desvío, no hay ninguna señal más. Llego a un sitio totalmente en construcción; más en las afueras no podía estar ya. Huelo el mar pero no lo veo. Al parecer estoy en un sitio llamado Navia, pero el único Navia que conozco está en Asturias. Me siento extremadamente perdido desorientado.
Son las 9 en punto. Entro en pánico y pregunto a una pareja de jubilados por donde queda la playa.
- Está ahí al lado yendo por esa calle, pero tendrás que dejar el coche por aquí y seguir andando.
- Muchas gracias señora.
Lo que yo no sabía es que esa buena mujer era corredora de maratones y su “aquí al lado” equivalía a una distancia de 3 pares de narices, 3 ó 4 kilometros tranquilmante (o eso me pareció a mí)
Al fin, tras múltiples penurias, miedos y suplicios hollo la playa y me siento, reclamando mi parcela de 2 metros cuadrados de arena. He llegado un poco tarde; había un biplano azul (precioso) haciendo unas maniobras por allí. La cosa aparentemente está bien montada, un locutor va explicando por megafonía todo tipo de datos sobre las maniobras, los aviones, etc.
El biplano se va y llegan tres aviones de los años 50 (creo) y de repente dos de ellos maniobran hasta quedarse frente a frente y se dirigen a toda velocidad el uno contra el otro. Cuando estoy a punto de gritar “Cuidado!! Que váis a chocar” ambos viran y se marcan un cruce épico. Mi boca se queda abierta de par en par. Estado que sólo abandonaría momentaneamente para soltar de vez en cuando un buah de admiración y sorpresa.
De ahí en adelante, de todo. Pitruetas imposibles, que nos tenían a todos los de la playa con el corazón en un puño. En cada cruce se escuchaba ese murmullo de miedo a la fatalidad que se escucha en las corridas de toros.
Hidroaviones antiincendios, helicópteros de salvamento con simulacros incluidos, paracaidistas, helicópteros portugueses haciendo arcrobacias (muy buenas), patrullas acrobáticas de Portugal (tremendo, los dos aviones volaban tan cerca que parecía que se iban a dar la gran ostia continuamente) y de Italia (muy buenos también), exhibiciones de vuelo acrobático; un B-52 con sus 8 motores sobrevolando la playa, del que sólo os puedo decir que es la cosa más enorme que he visto volar. Es jodidamente grande, en una proporción casi insana.
Reactores pasando tan rápido que primero los ves y después de un rato los oyes; cosa que aunque ya sabes que va a pasar, no deja de resultar curiosa la primera vez que la experimentas.
Un Harrier haciendo pasadas y quedándose estático en el cielo justo enfrente de donde estaba, con un ruido atronador que pone los pelos de punta.
De las otras cosas que me encantaron también un F-18 haciendo piruetas a toda velocidad y con un ruido que calificaré como la experiencia sonora definitiva. Se marcó una pasada hiperlenta con el avión encabritado como si fuese una cobra que, de no haberla visto con mis propios ojos habría calificado como de fake al parecer físicamente imposible. Y cuando aún estaba en shock por todo eso, el F-18 desapareció sobre los árboles para volver a todo trapo rompiendo la barrera del sonido justo delante de donde estaba. Simplemente mágico, la cosa más increible que he visto en toda mi vida.
Y como fin de fiesta, 30 minutos de la Patrulla Águila realizando las acrobacias más inverosímiles sobre un cielo tan azul que sería imposible reproducirlo en RGB.
Un espectáculo absolutamente maravilloso, tan sorprendente, increíble y recomendable, que si tuviese que condensar mi opinión sobre ello en una sóla palabra; sería sin duda alguna:
AWESOME

Responder