De cuando Himliano el grande se vio derrotado por una silla
A menudo las batallitas que os cuento acaban con un final feliz para mí, haciendo chanzas sobre el malo de turno y alardeando de lo cracko que fui en esa ocasión. Quizás eso os podría llevar a tener una imagen demasiado idealizada acerca de mi deidad persona. Para que veáis que no soy más que un humano cualquiera os voy a contar la historia de uno de mis ridículos más sonados.
Como mencioné de pasada anteriormente, cuando estábamos en el colegio, muchas veces nos daba la venada de quedarnos en el aula durante el recreo, haciendo el mongui.
Uno de aquellos días, a una compañera nuestra se le ocurrió pasar por el hueco de la silla comprendido entre el asiento y el respaldo de las típicas sillas de colegio que teníamos en el aula. Como éramos todos unos pimpines no hicimos más que alucinar con el invento. ¡Un juego tan divertido siempre había estado a nuestro alcance y nunca nos habíamos dado cuenta! No hace falta decir, que como buen gilipollas, yo también me pasé un buen rato pasando por el aro.
Tan felices estábamos cuando sonó el timbre indicando que se había terminado el recreo.
Bueno, me da tiempo a pasar una vez más antes de que llegue la profesora.
Y me dispuse a pasar una ultima vez como despedida de aquel juego tan curioso. Como todas las anteriores veces metí los brazos, luego la cabeza y por ultimo el cuerpo. Pero algo fue mal. No conseguía salir. ¿Qué raro? Igual se me ha enganchado la camisa o algo… Decidí retroceder para ver que había pasado. Pero tampoco podía.
Le pedí a un par de compañeros que echasen un ojo a ver que narices pasaba. Lo que pasaba era que, aparentemente, estaba atascado, cual gordo en tobogán acuático. Ordené que tirasen a ver si me podían liberar; a continuación tuve que explicarles que si tiraban desde los dos lados simultáneamente no valía de nada, porque no caían en ello. Pero los tirillas tenían una fuerza insuficiente. Un bacalao de mis dimensiones (ya había pegado el estirón; cerca de 1,80m con 10-11 años) necesitaba la fuerza de otro bacalao para liberarse. Lamentáblemente, era el único de mis dimensiones en mi aula.
Una vulgar silla de colegio había tendido una emboscada perfecta a Himliano I, el grande; bravo jerreiro, indomable explorador y Mariscal de Campo de mi propio ejército de un sólo hombre.
Cagándome en la p*** silla estaba cuando llegó la profesora. Por una razón que no llego a comprender (vergüenza tal vez), en vez de pedirle ayuda disimulé como pude para intentar liberarme por mis propios medios. Cabe destacar, que en este caso el término disimular significa llevar mi silla (la cual si me ponía de pie parecía un tutú) hasta mi mesa y hacer como que estaba sentado cuando en realidad estaba medio tumbado en una posición jodidísima y realmente incómoda. De hecho, de perfil parecía un centauro.
Tras media hora aprovechando cada vez que la profesora se despistaba para intentar liberarme sin resultado decidí esperar a que se terminase la clase y quedarme en solitario para ponerme en pie y liberarme haciendo uso indiscriminado de la fuerza bruta. En toda esa espera ocurrió lo más curioso de toda ésta historia. Se ve que presa de la desesperación mi cabeza empezó a maquinar una historia aceleradísima y totalmente incoherente. Dicha historia es la siguiente:
Tarde o temprano la profesora se daba cuenta de lo que pasaba; y tras fracasar todos y cada uno de los profesores del centro en su intento de liberarme llamaban a los bomberos. Éstos se presentaban allí con una radial gigantesca para liberarme de la silla. Al ver la radial yo me acojonaba y les decía que no cortasen, no vaya a ser que se les fuese la mano y me cortasen el pene (que andaba por allí cerca). Tras mucha discusión convencía a los bomberos de que cortar no era buena idea; que no pasaba nada, que ya aprendería a llevar una vida normal con la silla.
A continuación, con un flashforward, estaba en el salón de una casa, acompañado de mi supuesta esposa (una tía muy chunga; porque hay que ser muy chunga para casarse con alguien que vive encerrado en una silla de escuela permanentemente ). En este domicilio había todo tipo de fotos de mi supuesto yo adulto y de la silla. Mi silla, mi parienta y yo de vacaciones; mi silla, mi parienta y yo en nuestra boda… vamos, esas cosas (para que veáis que cuando se me va la cabeza se me va a lo grande).
Todo era más o menos aceptable, hasta que un día la parienta me decía:
Cari, levántate y cambia de canal. *
* (Algo realmente extraño, porque por la época en que la silla me atrapó ya existían como algo cotidiando las teles con mando a distancia; no parece coherente que en mi hipotético futuro no existiesen. Mal rollo)
A lo que yo le respondía:
Máldita pécora!! ¿Disfrutas con eso? ¿No ves que por culpa de ésta maldita silla me cuesta un huevo? Eres igual que tu madre!!
Se montaba una discusión tremenda y mi parienta me abandonaba. Aquella puta silla de los demonios me había jodido la vida y el matrimonio.
En ésas estaba cuando una voz me sacó de aquel delirio para devolverme al mundo real. Era la profesora, Habían acabado las 3 horas de clase tras el recreo y todo el mundo se había pirado.
- Himliano, ¿qué haces que no te vas a casa?
- No… yo… estoooo… yo me quedo hoy un rato más.
- ¿Qué?
- Que sí… que yo me quedo un rato más hoy… para trabajar y eso… pero usted puede irse…
- ¿Pero qué dices? Aqui no puede quedarse nadie. Estás muy raro. ¿Tienes algú… ¿¿ Pero qué ?? ¿Que diantres haces ahí metido?
Tras 3 horas de lucha contra el inerte metal de la silla me vine abajo y confesé todo. Como me había quedado allí atascado y cómo en tres horas había intentado liberarme cuando ella no miraba. De los delirios no le dije nada porque habría sido sacarme de la silla para meterme en la camisa de fuerza, seguro.
La profesora me agarró de un brazo y tiró de la silla y me soltó de una forma tan fácil que a veces pienso que aquella silla era una silla trucada por ella misma para bajarme los humos. Pero nunca he podido demostrarlo. Fue como cuando estás usando todas tus fuerzas para abrir un bote de cristal y viene la persona más tirillas del mundo (pero tan tirillas que cuando se tira un pedo se parte la cadera) y lo abre sin hacer ninguna fuerza que se te queda una cara de gilipollas insuperable.
Para terminar de desmoralizarme no se le ocurrió decir otra cosa:
Si me hubieses contado ésto cuando entré en el aula te habrías ahorrado 3 horas de encierro.
Por un misterioso efecto de reverberación, el eco de aquellas palabras me pareció que decía algo así como:
Himliano, GILIPOLLAS
Desde aquel día, sólo utilizo las sillas para sentarme; y no sin antes examinarlas desconfiadamente.
Un saludo.


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