Hoy, queridos amigos, os voy a hablar de un juego que, de gustaros, os provocará una gravísima adicción (no en vano, junto con la pereza, es el gran culpable de que no os cuente nada interesante en éste blog ultimamente). Quedáis avisados, luego no vengáis llorando porque os habéis enganchado y perdéis horas y horas de vuestro tiempo.
A menudo las batallitas que os cuento acaban con un final feliz para mí, haciendo chanzas sobre el malo de turno y alardeando de lo cracko que fui en esa ocasión. Quizás eso os podría llevar a tener una imagen demasiado idealizada acerca de mi deidad persona. Para que veáis que no soy más que un humano cualquiera os voy a contar la historia de uno de mis ridículos más sonados.