La semana pasada estaba viendo algo en la tele, no recuerdo muy bien el qué, y mientras intentaba esquivar los politonos se me deslizó el dedo sobre el número 2; y en el televisor se sintonizó “La 2″ esa cadena donde hay unos programas de puta madre que no ve ni dios porque empiezan todos tardísimo y donde por las tardes hay el “Saber y ganar” (probablemente el mejor concurso de la tele, con el único pero de que puedes estar varios meses seguidos yendo para acabar con un premio acumulado ridículo) y luego dan documentales sobre unos ñus o ñúes que al cruzar el río viene un cocodrilo y se los come.
Hay un día que se repite todos los años como si fuese una fotocopia perfecta, el 22 de diciembre, el “día de la lotería”.
Un día en que es mejor que apagues la tele y la radio porque a todas horas vas a ver a un montón de gente en una administración de lotería sacando champán y celebrándo como locos que han vendido algún número premiado (y curiosamente a ninguno de ellos le habrá tocado un duro). Mientras tanto periodistas y banqueros se dan de ostias por encontrar al que le ha tocado algo.